Capítulo 1 de 1 · A2 · Fácil
El ceño y la risa
Sringeri Srinivas aprende a reír
Sringeri Srinivas era un buen agricultor. Cultivaba los mejores plátanos para hacer un dulce famoso, el halwa de plátano. Pero también tenía el ceño más terrible del mundo. Cuando se enfadaba, su frente se llenaba de arrugas, su nariz se ponía roja y sus ojos parecían de fuego.
Cuando Sringeri Srinivas fruncía el ceño, todos se escapaban. Su mujer, sus hijos y sus amigos se escondían. Sus vacas y sus perros huían. ¡Hasta los cuervos del campo se iban volando! Y Sringeri Srinivas fruncía el ceño muchas veces: cuando sus plantas no crecían bien, cuando su barbero no tenía tiempo para cortarle el pelo, cuando la tele no funcionaba…
Un día, Sringeri Srinivas fue al campo a ver sus plátanos. Estaba de mal humor y nadie sabía por qué. Fue a su planta más grande. Tenía unos racimos de plátanos estupendos. “Pronto voy a hacer mi famoso halwa”, pensó. Y su ceño se convirtió en una pequeña sonrisa.
En ese momento, llegó un grupo de monos. El más grande saltó justo a la planta que Sringeri Srinivas miraba con tanto orgullo. Entonces él frunció el ceño otra vez. Su ceño creció y creció. ¡Le iba de la cabeza a los pies! El mono se asustó. Nunca había visto un ceño así. Dejó caer un plátano medio pelado y otros más, y se fue saltando de planta en planta.
Sringeri Srinivas corrió detrás del mono. Quería darle una lección. Pero, por el camino, pisó una piel de plátano. ¡Plaf! Se cayó y sus zapatillas se quedaron en el barro. Se levantó y siguió corriendo. ¡Plaf! Se resbaló otra vez y cayó de cara. Cuando por fin se sentó, tenía la boca llena de hojas, barro y ramitas. Los monos ya no estaban.
Sringeri Srinivas se miró. Su bonita camisa estaba marrón. Sus manos estaban sucias. ¡No se veía ni las piernas! Todo era barro. De repente, pensó que tenía un aspecto muy gracioso: el famoso agricultor, sentado solo en un montón de hojas, barro y plátanos. Y se echó a reír. Primero fue una risa pequeña: ji, ji. Después, más grande: ¡ja, ja! Y cuanto más se reía, más ganas tenía de reírse. ¡JA, JA, JA!
Su risa era tan bonita que vinieron los pájaros a escucharla. Era tan fuerte que volvieron los monos. Era tan divertida que llegaron muchos niños, y también su familia. Pronto todos se reían con él: los pájaros cantaban, los monos charlaban, el barbero sonreía y el sastre se reía. ¡Hasta el tigre, que dormía en su cueva, sonrió!
Por fin, Sringeri Srinivas dejó de reír. Todos a su alrededor parecían felices, y él también se sintió feliz. “Venga, vamos a casa”, dijo, y les dio la mano a sus hijos. Sringeri Srinivas todavía frunce el ceño algunas veces. Pero ahora también le gusta reír. Y tiene la risa más grande del pueblo.