Julián es un sacerdote joven, de veintiséis años. Es tímido, rubio, de cara pálida y muy educado. Viene de la ciudad de Santiago de Compostela. Un día de lluvia, en su caballo, llega a los pazos de Ulloa, una vieja casa de piedra muy grande, en el campo de Galicia. Un pazo es la casa de una familia noble del campo. Julián va a trabajar allí como capellán: va a decir misa en la casa y a ayudar al señor con sus papeles.
El señor de los pazos es don Pedro Moscoso, al que todos llaman “el marqués de Ulloa”. Es un hombre de unos treinta años, fuerte, con barba negra. Le gusta cazar y vivir como un campesino rico. No sabe mucho de libros ni de buenas costumbres.
Cuando Julián llega, se queda asustado. La casa está sucia, desordenada y llena de perros. Los papeles están rotos y mojados. El que manda de verdad en los pazos no es don Pedro, sino Primitivo, el criado principal. Primitivo es un hombre astuto y duro, de mirada fría. Controla el dinero, las tierras y a todos los campesinos.
Primitivo tiene una hija, Sabel, una criada joven, guapa y fuerte. Julián descubre pronto un secreto: Sabel es la amante de don Pedro, y tiene un hijo con él, un niño pequeño de pelo rizado que se llama Perucho. El niño anda sucio y medio salvaje por la casa. Una noche, Julián ve que los hombres le dan vino al niño hasta emborracharle, y le duele mucho.
Julián quiere poner orden en aquella casa. Ordena los papeles, intenta enseñar algo al niño y reza mucho. Pero Primitivo y Sabel no le quieren allí. Le ponen problemas y se burlan de él.
Por fin, Julián habla con don Pedro.
—Señor, esta vida no es buena para usted. Debería casarse con una señora de su clase y tener una familia cristiana.
Don Pedro se queda pensando. Al final, decide ir a Santiago, a la casa de su tío, don Manuel Pardo, para buscar esposa entre sus primas.