Un día de mucho calor, en verano, dos muchachos llegaron a la venta del Molinillo, una posada en el camino de Castilla a Andalucía. Uno tenía catorce o quince años; el otro, no más de diecisiete. Los dos eran simpáticos, pero llevaban la ropa rota y sucia. No tenían capa. Los zapatos de uno estaban muy gastados, y los del otro no tenían suela. Uno llevaba media espada y el otro un cuchillo de mango amarillo. Estaban quemados por el sol y tenían las manos poco limpias.
Los dos se sentaron a descansar en la sombra, delante de la venta. El mayor preguntó al más pequeño:
—¿De qué tierra es usted, señor caballero, y adónde va?
—Mi tierra no la sé, ni tampoco adónde voy —respondió el otro—. Mi tierra no es mía, porque allí solo tengo un padre que no me quiere como hijo y una madrastra que me trata mal. Voy por el camino a la aventura, buscando a alguien que me dé para vivir.
—¿Y sabe usted algún oficio?
—Solo sé correr como una liebre, saltar como un ciervo y cortar muy bien con tijeras. Mi padre es sastre y me enseñó su oficio.
—Me parece que usted tiene otras habilidades secretas —dijo el mayor, sonriendo.
—Sí, las tengo, pero no son para decirlas en público.
—Pues yo le voy a contar primero mi historia —dijo el mayor—. Creo que la suerte nos ha juntado aquí para ser amigos toda la vida. Me llamo Pedro del Rincón. Mi padre vende bulas, unos papeles de la Iglesia. Yo lo acompañaba en su trabajo, pero un día me gustó más el dinero de las bulas que las bulas mismas. Me llevé una bolsa de dinero a Madrid y en pocos días me lo gasté todo. Me atraparon, me dieron unos golpes en la espalda y me echaron de Madrid por cuatro años.
Entonces sacó de su ropa unas cartas viejas, de forma ovalada.
—Con estas cartas me gano la vida en las posadas del camino. Juego a la veintiuna, y siempre consigo tener un as debajo. Así no me muero de hambre. Ahora vamos a probar: jugamos los dos como si fuera de verdad, y si viene un tercero, él será el primero en perder su dinero.
—Muy bien —dijo el otro—. Y ya que usted me ha contado su vida, yo le cuento la mía. Nací en el Pedroso, un pueblo entre Salamanca y Medina del Campo. Mi padre es sastre, y de cortar telas yo pasé a cortar bolsas. Me fui a Toledo, y allí no había bolsillo escondido que mis dedos no visitaran. Hace ocho días, alguien habló de mí al jefe de la policía, y él quiso conocerme. Pero yo soy muy humilde y no quería molestar a una persona tan importante. Así que salí de la ciudad muy deprisa.
—Bueno, ya nos conocemos —dijo Rincón—. Confesemos que no tenemos ni dinero ni zapatos.
—Así es —respondió Diego Cortado, que así se llamaba el menor—. Y nuestra amistad tiene que ser para siempre.
Los dos se levantaron y se dieron un abrazo fuerte. Así empezó su amistad.