En marzo de 1848 hubo en Madrid una revolución. Grupos de rebeldes y soldados del gobierno lucharon en las calles, con tiros y barricadas. Una tarde, en una calle del centro, los vecinos miraban la batalla por las ventanas, con mucho miedo.
En una de esas casas vivían dos mujeres: doña Teresa, una viuda mayor, y su hija Angustias, una joven de veinticuatro años, guapa, seria y muy valiente. Eran pobres. El padre de Angustias había sido general, pero había muerto, y la viuda esperaba desde hacía años una pensión del gobierno que nunca llegaba.
Desde la ventana, Angustias vio a un capitán del ejército que luchaba solo contra muchos rebeldes. Era un hombre alto y fuerte, de unos cuarenta años, con un gran bigote negro. Luchaba como un león. Pero de repente, un tiro le dio en la pierna, y el capitán cayó al suelo, delante de la puerta de la casa.
Los rebeldes se fueron, pero el herido seguía en la calle, entre las balas. Angustias no lo pensó dos veces: bajó a la calle con su madre y la criada, Rosa, y entre las tres metieron al capitán en casa. Fue muy peligroso, porque todavía había tiros.
Le pusieron en la cama y llamaron a un médico. El médico dijo que la pierna estaba rota y que el herido tenía que quedarse en cama varias semanas, sin moverse.
Cuando el capitán abrió los ojos y vio dónde estaba, se puso furioso.
—¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes? ¡Yo no quiero estar en casa de nadie! ¡Llévenme a mi casa!
Se llamaba don Jorge de Córdoba. Era un hombre gruñón y mal educado. Gritaba, protestaba y decía palabrotas. Lo peor era que odiaba a las mujeres. Decía que todas eran tontas, falsas y peligrosas. Por eso sus amigos le llamaban “el capitán Veneno”.
Pero no podía moverse, y tuvo que quedarse en casa de las dos mujeres. Doña Teresa y Angustias le cuidaron con mucha paciencia. Angustias no le tenía miedo. Cuando él gritaba, ella le respondía con calma y con ironía, y a veces le hacía callar.