5장 중 1장 · 원작 · 아주 어려움 · C2
El licenciado Vidriera (1/5)
유리 학사
Paseándose dos caballeros estudiantes por las riberas del Tórmes, hallaron en ellas debajo de un árbol durmiendo á un muchacho de hasta edad de once años, vestido como labrador: mandaron á un criado que le despertase: despertó, y preguntáronle de adónde era y qué hacia durmiendo en aquella soledad; á lo cual el muchacho respondió, que el nombre de su tierra se le habia olvidado, y que iba á la ciudad de Salamanca á buscar un amo á quien servir, por solo que le diese estudio. Preguntáronle si sabia leer; respondió que sí, y escribir tambien.
—Desa manera, dijo uno de los caballeros, no es por falta de memoria habérsete olvidado el nombre de tu patria.
—Sea por lo que fuere, respondió el muchacho, que ni el della, ni el de mis padres sabrá ninguno hasta que yo pueda honrarlos á ellos y á ella.
—Pues ¿de qué suerte los piensas honrar? preguntó el caballero.
—Con mis estudios, respondió el muchacho, siendo famoso por ellos; porque yo he oido decir que de los hombres se hacen los obispos.
Esta respuesta movió á los dos caballeros á que le recebiesen y llevasen consigo, como lo hicieron; dándole estudio de la manera que se usa dar en aquella universidad á los criados que sirven. Dijo el muchacho que se llamaba Tomas Rodaja, de donde infirieron sus amos por el nombre y por el vestido, que debia de ser hijo de algun labrador pobre. Á pocos dias le vistieron de negro, y á pocas semanas dió Tomas muestras de tener raro ingenio, sirviendo á sus amos con tanta fidelidad, puntualidad y diligencia, que con no faltar un punto á sus estudios, parecia que solo se ocupaba en servirlos; y como el buen servir del siervo mueve la voluntad del señor á tratarle bien, ya Tomas no era criado de sus amos, sino su compañero. Finalmente, en ocho años que estuvo con ellos se hizo tan famoso en la universidad por su buen ingenio y notable habilidad, que de todo género de gentes era estimado y querido.
Su principal estudio fué de leyes; pero en lo que mas se mostraba era en letras humanas: y tenia tan felice memoria, que era cosa de espanto, é ilustrábala tanto con su buen entendimiento, que no era ménos famoso por él que por ella.
Sucedió que se llegó el tiempo que sus amos acabaron sus estudios, y se fueron á su lugar, que era una de las mejores ciudades de Andalucía: lleváronse consigo á Tomas, y estuvo con ellos algunos dias; pero como le fatigasen los deseos de volver á sus estudios y á Salamanca (que enhechiza la voluntad de volver á ella á todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado), pidió á sus amos licencia para volverse. Ellos corteses y liberales se la dieron, acomodándole de suerte que con lo que le dieron se pudiera sustentar tres años.
Despidióse dellos, mostrando en sus palabras su agradecimiento, y salió de Málaga (que esta era la patria de sus señores), y al bajar de la cuesta de la Zambra, camino de Antequera, se topó con un gentil hombre, á caballo, vestido bizarramente de camino, con dos criados tambien á caballo. Juntóse con él, y supo como llevaba su mismo viaje: hicieron camarada, departieron de diversas cosas, y á pocos lances dió Tomas muestras de su raro ingenio, y el caballero las dió de su bizarría y cortesano trato; y dijo que era capitan de infantería por su Majestad, y que su alférez estaba haciendo la compañía en tierra de Salamanca: alabó la vida de la soldadesca, pintóle muy al vivo la belleza de la ciudad de Nápoles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milan, los festines de Lombardía, las espléndidas comidas de las hosterías: dibujóle dulce y puntualmente el aconcha patron, pasa acá manigoldo, venga la macarela, li polastri, é li macarroni: puso las alabanzas en el cielo de la vida libre del soldado, y de la libertad de Italia; pero no le dijo nada del frio de las centinelas, del peligro de los asaltos, del espanto de las batallas, de la hambre de los cercos, de la ruina de las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos las toman y tienen por añadiduras del peso de la soldadesca, y son la carga principal della. En resolucion tantas cosas le dijo, y tan bien dichas, que la discrecion de nuestro Tomas Rodaja comenzó á titubear, y la voluntad á aficionarse á aquella vida que tan cerca tiene la muerte.
El capitan, que D. Diego de Valdivia se llamaba, contentísimo de la buena presencia, ingenio y desenvoltura de Tomas, le rogó que se fuese con él á Italia, siquiera por curiosidad de verla, que él le ofrecia su mesa, y aun si fuese necesario su bandera, porque su alférez la habia de dejar presto. Poco fué menester para que Tomas aceptase el envite, haciendo consigo en un instante un breve discurso, de que seria bueno ver á Italia y Flándes, y otras diversas tierras y países, pues las luengas peregrinaciones hacen á los hombres discretos, y que en esto á lo mas largo podia gastar tres ó cuatro años, que añadidos á los pocos que él tenia, no serian tantos que impidiesen volver á sus estudios: y como si todo hubiera de suceder á la medida de su gusto, dijo al capitan que era contento de irse con él á Italia; pero habia de ser con condicion que no se habia de sentar debajo de bandera, ni poner en lista de soldado, por no obligarse á seguir su bandera. Y aunque el capitan le dijo que no importaba ponerse en lista, que ansí gozaria de los socorros y pagas que á la compañía se diesen, porque él le daria licencia todas las veces que se la pidiese.
—Eso seria, dijo Tomas, ir contra mi conciencia y contra la del señor capitan, y así mas quiero ir suelto que obligado.
—Conciencia tan escrupulosa, dijo D. Diego, mas es de religioso que de soldado; pero como quiera que sea, ya somos camaradas.
Llegaron aquella noche á Antequera, y en pocos dias y grandes jornadas se pusieron donde estaba la compañía, ya acabada de hacer, y que comenzaba á marchar la vuelta de Cartagena, alojándose ella y otras cuatro por los lugares que les venian á mano. Allí notó Tomas la autoridad de los comisarios, la comodidad de algunos capitanes, la solicitud de los aposentadores, la industria y cuenta de los pagadores, las quejas de los pueblos, el rescatar de las boletas, las insolencias de los bisoños, las pendencias de los huéspedes, el pedir bagajes mas de los necesarios, y finalmente la necesidad casi precisa de hacer todo aquello que notaba y mal le parecia.
Habíase vestido Tomas de papagayo, renunciando los hábitos de estudiante, y púsose á lo de Dios es Cristo, como se suele decir. Los muchos libros que tenia los redujo á unas Horas de Nuestra Señora, y un Garcilaso sin comento, que en las dos faldriqueras llevaba.
Llegaron mas presto de lo que quisieran á Cartagena, porque la vida de los alojamientos es ancha y varia, y cada dia se topan cosas nuevas y gustosas. Allí se embarcaron en cuatro galeras de Nápoles, y allí notó tambien Tomas Rodaja la estraña vida de aquellas marítimas casas, adonde lo mas del tiempo maltratan las chinches, roban los forzados, enfadan los marineros, destruyen los ratones y fatigan las maretas. Pusiéronle temor las grandes borrascas y tormentas, especialmente en el golfo de Leon, que tuvieron dos: que la una los echó en Córcega, y la otra los volvió á Tolon, en Francia. En fin, trasnochados, mojados y con ojeras llegaron á la hermosa y bellísima ciudad de Génova, y desembarcándose en su recogido mandrache, despues de haber visitado una iglesia, dió el capitan con todos sus camaradas en una hostería, donde pusieron en olvido todas las borrascas pasadas, con el presente gaudeamus.
Allí conocieron la suavidad del treviano, el valor del monte frascon, la ninerca del Asperino, la generosidad de los dos griegos Candía y Soma, la grandeza del de las cinco viñas, la dulzura y apacibilidad de la señora Garnacha, la rusticidad de la chéntola, sin que entre todos estos señores osase parecer la bajeza del romanesco. Y habiendo hecho el huésped la reseña de tantos y tan diferentes vinos, se ofreció de hacer parecer allí, sin usar de tropelía ni como pintados en mapa, sino real y verdaderamente, á Madrigal, Coca, Alaejos, y á la imperial mas que real ciudad, recámara del dios de la risa: ofreció á Esquivias, á Alanis, á Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se olvidase de Ribadavia y de Descargamaria. Finalmente, mas vinos nombró el huésped, y mas les dió que pudo tener en sus bodegas el mismo Baco.
Admiráronle tambien al buen Tomas los rubios cabellos de las genovesas, y la gentileza y gallarda disposicion de los hombres, la admirable belleza de la ciudad, que en aquellas peñas parece que tiene las casas engastadas como diamantes en oro.
Otro dia se desembarcaron todas las compañías que habian de ir al Piamonte; pero no quiso Tomas hacer este viaje, sino irse desde allí por tierra á Roma y á Nápoles, como lo hizo, quedando de volver por la gran Venecia, y por Loreto á Milan y al Piamonte, donde dijo D. Diego de Valdivia que le hallaria, si ya no los hubiesen llevado á Flándes, segun se decia. Despidióse Tomas del capitan de allí á dos dias, y en cinco llegó á Florencia, habiendo visto primero á Luca, ciudad pequeña, pero muy bien hecha, y en la que mejor que en otras partes de Italia son bien vistos y agasajados los españoles.
Contentóle Florencia en estremo, así por su agradable asiento como por su limpieza, suntuosos edificios, fresco rio y apacibles calles: estuvo en ella cuatro dias, y luego se partió á Roma, reina de las ciudades y señora del mundo. Visitó sus templos, adoró sus reliquias y admiró su grandeza; y así como por las uñas del leon se viene en conocimiento de su grandeza y ferocidad, así él sacó la de Roma por sus despedazados mármoles, medias y enteras estatuas, por sus rotos arcos y derribadas termas, por sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes, por su famoso y santo rio, que siempre llena sus márgenes de agua, y las beatifica con las infinitas reliquias de cuerpos de mártires que en ellas tuvieron sepultura: por sus puentes, que parece que se están mirando unas á otras, y por sus calles que con solo el nombre cobran autoridad sobre todas las de las otras ciudades del mundo: la via Apia, la Flaminia, la Julia, con otras de este jaez. Pues no le admiraba ménos la division de sus montes dentro de sí misma: el Celio, el Quirinal y el Vaticano, con los otros cuatro, cuyos nombres manifiestan la grandeza y majestad romana. Notó tambien la autoridad del colegio de los cardenales, la majestad del Sumo Pontífice, el concurso y variedad de gentes y naciones. Todo lo miró, y notó, y puso en su punto. Y habiendo andado la estacion de las siete iglesias, y confesádose con un penitenciero y besado el pié á su Santidad, lleno de agnusdei y cuentas determinó irse á Nápoles, y por ser tiempo de mutacion, malo y dañoso para todos los que en él entran ó salen de Roma como hayan caminado por tierra, se fué por mar á Nápoles, donde á la admiracion que traia de haber visto á Roma, añadió la que le causó ver á Nápoles, ciudad á su parecer y al de todos cuantos la han visto, la mejor de Europa, y aun de todo el mundo.