¡Amigo! El cielo está gris, el aire está frío, el día está triste. Para olvidar un poco la tristeza, aquí tienes un cuento alegre.
Había una vez, en una ciudad enorme y brillante, un rey muy poderoso. Tenía ropas ricas y elegantes, caballos de crines largas, armas nuevas y brillantes, perros rápidos y cazadores con cuernos de bronce que hacían mucho ruido. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío. Era el Rey Burgués.
Al rey le gustaban mucho las artes. Pagaba bien a sus músicos, a sus pintores, a sus escultores, a sus barberos y a sus profesores de esgrima. Cuando iba de caza al bosque, mandaba a sus profesores de literatura escribir canciones sobre la caza. Los criados le servían vino de oro, y las mujeres aplaudían. El rey vivía entre música, risas y fiestas.
El rey tenía un palacio magnífico, lleno de riquezas y de objetos de arte. Para llegar a él, pasaba entre flores y grandes estanques, y los cisnes blancos le saludaban antes que los criados. Subía por una escalera de columnas de mármol, con leones de piedra a los lados. Tenía también una gran jaula con pájaros, porque le gustaba oír cantar, y allí se sentaba a leer novelas de moda.
Tenía un salón japonés y un salón chino, llenos de objetos raros: dragones de bronce, máscaras con ojos que parecían vivos, porcelanas, sedas, mariposas, peces y gallos de colores. ¡No los entendía, pero eran caros y estaban de moda! Tenía también un salón griego, lleno de estatuas de diosas y de ninfas, y muchos otros salones. El rey paseaba por todos ellos, con la barriga contenta y la corona en la cabeza, como un rey de la baraja.
Un día le llevaron un hombre extraño. El rey estaba en su trono, rodeado de sus profesores y de sus cortesanos.
—¿Qué es eso? —preguntó.
—Señor, es un poeta.
El rey tenía cisnes, canarios y gorriones, pero nunca había tenido un poeta. Era algo nuevo y raro.
—Dejadle aquí.
—Señor, no he comido —dijo el poeta.
—Habla y comerás —respondió el rey.