Capítulo 1 de 2 · A2 · Fácil
El estudiante de Salamanca
O Licenciado Vidraça
Un día, paseando por la orilla del río Tormes, cerca de Salamanca, dos jóvenes caballeros estudiantes encontraron a un niño dormido debajo de un árbol. Tenía unos once años y estaba vestido como un campesino. Le despertaron y le preguntaron de dónde era.
—No me acuerdo del nombre de mi tierra —respondió—. No diré ni el nombre de mi tierra ni el de mis padres hasta que yo pueda honrarlos a ellos.
Dijo que se llamaba Tomás Rodaja y que quería estudiar para hacerse famoso por sus letras. Los estudiantes, admirados de su inteligencia, le llevaron con ellos. Tomás les sirvió como criado, y ellos le dejaron estudiar en la Universidad de Salamanca. En poco tiempo, todos se admiraron de su gran memoria y de su talento. Estudió ocho años y fue el mejor estudiante de su clase.
Cuando sus amos terminaron sus estudios, Tomás se fue con ellos un tiempo a su tierra. Después volvió a Salamanca. En el camino conoció a un capitán de soldados, don Diego de Valdivia, un hombre alegre que le habló maravillas de Italia y de la vida militar. Tomás decidió viajar con él, no como soldado, sino para conocer el mundo.
Así visitó Italia: Génova, Roma, Nápoles, Venecia. Vio iglesias, palacios, fiestas y mercados. Después pasó a Flandes con los soldados. Cuando volvió a España, regresó a Salamanca para terminar sus estudios, y recibió el título de licenciado en leyes.
En Salamanca vivía entonces una dama muy hermosa, que tenía muchos admiradores. Ella vio a Tomás y se enamoró de él. Pero Tomás no le hacía caso, porque solo pensaba en sus libros. La dama, desesperada, pidió consejo a una mujer que conocía hechizos. Siguiendo su consejo, le dio a Tomás un membrillo de Toledo con un supuesto hechizo de amor dentro, para que él la amara a la fuerza.
Pero en vez de amor, aquel hechizo le dio a Tomás una enfermedad terrible. Estuvo seis meses en la cama, muy grave, delgado como un esqueleto. Los médicos le curaron el cuerpo, pero no la mente. Tomás se levantó con la locura más extraña del mundo: creía que estaba hecho de vidrio.
—No os acerquéis a mí, que me romperéis —decía a todos—. Habladme desde lejos.
Pedía que le hablaran desde lejos y que le dieran la comida en la punta de un palo. En verano dormía en el campo, al aire libre, y en invierno se metía en la paja de un pajar, cubierto hasta el cuello. Decía que la paja era la mejor cama para un hombre de vidrio. Cuando oía truenos, temblaba de miedo.