Capítulo 1 de 2 · A2 · Fácil
Cuatro hermanos en el patio
A Galinha Degolada
Todo el día, los cuatro hijos de Mazzini y Berta estaban sentados en un banco, en el patio de la casa. Tenían una discapacidad mental muy grave. No hablaban, tenían la boca abierta y casi no se movían.
El patio era de tierra, con un muro de ladrillos al fondo. El banco estaba delante del muro, a cinco metros. Allí pasaban las horas los chicos, mirando los ladrillos. Por la tarde, cuando el sol se escondía detrás del muro, la luz roja les llamaba la atención, y ellos se reían con fuerza, mirando el sol con alegría. Otras veces hacían ruidos, imitando al tranvía. Pero casi siempre estaban quietos y callados, con las piernas colgando. El mayor tenía doce años y el pequeño, nueve. Se notaba que nadie los cuidaba con cariño.
Sin embargo, al principio aquellos cuatro niños habían sido la alegría de sus padres. Mazzini y Berta se querían mucho y deseaban un hijo. Cuando nació el primero, eran muy felices. El niño creció sano y bonito hasta el año y medio. Pero una noche tuvo convulsiones terribles, y a la mañana siguiente ya no reconocía a sus padres. Había perdido para siempre la inteligencia.
—¡Hijo, mi hijo querido! —lloraba Berta.
El médico dijo que no había nada que hacer. Mazzini le preguntó si era una enfermedad de familia. El médico habló de una enfermedad del abuelo de Mazzini, y también dijo que Berta tenía un pulmón un poco débil.
Mazzini y Berta pusieron toda su esperanza en otro hijo. Nació el segundo, sano y risueño. Pero a los dieciocho meses le pasó lo mismo que al primero. Después nacieron dos gemelos, y les pasó exactamente lo mismo.
Entonces el amor entre Mazzini y Berta cambió. Cada uno pensaba en secreto que la culpa era del otro. Después de tantos años, los dos estaban cansados y amargados. Al principio no decían nada, pero luego empezaron las discusiones.
—Son tus hijos —decía Berta.
—¿Míos? ¡También son tuyos! —respondía Mazzini.
Por fin, después de cuatro años, nació una niña: Bertita. Era sana, y los padres la cuidaron con muchísimo miedo. Pero Bertita creció bien, alegre y lista. Cuando cumplió cuatro años, seguía completamente sana.
Mazzini y Berta pusieron todo su amor en la niña. Y se olvidaron casi por completo de los cuatro chicos. Los bañaban y les daban de comer, pero nada más. Era una sirvienta quien los cuidaba, sin cariño. Los chicos pasaban el día en el banco del patio, solos.