Hace pocos días, se presentó en mi casa un extranjero. Era francés y traía cartas de recomendación para mí. Venía a España por tres asuntos: unos problemas de su familia, unas reclamaciones de dinero y un gran proyecto: quería invertir su fortuna en algún negocio en Madrid. Se llamaba monsieur Sans-délai, que en francés quiere decir “sin demora”.
Era un hombre activo, como la gente de su país. Me dijo muy seguro que pensaba quedarse muy poco tiempo en España. Me cayó bien, pero me dio pena, y le aconsejé volver pronto a su casa. Él no entendió por qué.
—Mirad, monsieur Sans-délai —le dije—, vos venís decidido a pasar quince días aquí y a resolver en ellos todos vuestros asuntos.
—Claro —me contestó—. Quince días, y es mucho. Mañana por la mañana buscamos un genealogista, un especialista en historia de familias. Por la tarde él busca en sus libros a mis antepasados, y por la noche ya sé quién soy. Pasado mañana presento mis reclamaciones, y al tercer día se resuelven. Al cuarto día presento mis proyectos de negocio. Del sexto al octavo día veo los monumentos de Madrid, el noveno descanso y el décimo vuelvo a París.
Casi me reí en su cara, pero solo sonreí.
—Permitidme, monsieur Sans-délai —le dije—, que os invite a comer el día en que llevéis quince meses en Madrid.
—¿Cómo?
—Dentro de quince meses todavía estaréis aquí.
—¿Os reís de mí?
—No, de verdad. En los quince días que tenéis, no vais a poder hablar ni siquiera con una de las personas que necesitáis.
—¡Exageraciones! Yo les contagiaré a todos mi actividad.
—Todos os contagiarán su pereza.
Vi que solo la experiencia podía convencerle, y me callé.
Al día siguiente salimos a buscar un genealogista. Tardamos mucho en encontrarle, preguntando de amigo en amigo. Por fin le encontramos. El buen señor se asustó de nuestra prisa y nos dijo que volviéramos dentro de unos días. Pasaron tres días y fuimos.
—Vuelva usted mañana —nos dijo la criada—, porque el señor no se ha levantado todavía.
—Vuelva usted mañana —nos dijo al día siguiente—, porque el señor acaba de salir.
—Vuelva usted mañana, porque el señor está durmiendo la siesta.
—Vuelva usted mañana, porque hoy el señor se ha ido a los toros.
—¿Qué día y a qué hora se puede ver a un español? —preguntó mi amigo.
Por fin le vimos.
—Vuelva usted mañana —nos dijo—, porque se me ha olvidado. Vuelva usted mañana, porque no está terminado.
A los quince días ya estaba. Pero mi amigo había pedido información sobre el apellido Díez, y él había entendido Díaz. ¡No servía para nada! Y sin saber quiénes eran sus abuelos, monsieur Sans-délai no pudo presentar sus reclamaciones.