Es la hora de la puesta de sol en el puerto de Valparaíso, en Chile. Allá lejos, en la línea azul entre el mar y el cielo, el sol se hunde como un gran disco de hierro rojo. En el muelle ya hay poco movimiento. Los guardias pasean, las grúas están quietas y los trabajadores vuelven a casa. El agua hace ruido debajo del muelle, y el viento salado mueve las barcas.
Todos los lancheros se han ido ya. Los lancheros son los hombres que llevan la carga en barcas grandes entre los barcos y el muelle. Solo queda el viejo tío Lucas. Por la mañana se ha hecho daño en un pie al subir un barril a un carro. Aun así, ha trabajado todo el día, cojeando. Ahora está sentado en una piedra, con la pipa en la boca, y mira el mar con tristeza.
—¡Eh, tío Lucas! ¿Descansando?
—Sí, patroncito.
Empezamos a hablar. Me gusta conversar con estos hombres sencillos y fuertes, que viven del trabajo duro. El tío Lucas me cuenta su vida. Fue soldado de joven y luchó en la guerra. Está casado y tiene muchos hijos. Y tuvo un hijo mayor, y...
—Sí, patrón, hace dos años que se me murió.
Sus ojos pequeños y brillantes, bajo las cejas grises, se llenan de lágrimas.
—¿Que cómo se murió? Trabajando, para darnos de comer a todos: a mi mujer, a los pequeños y a mí, porque yo entonces estaba enfermo.
Y, mientras se hace de noche y la ciudad enciende sus luces, el tío Lucas me lo cuenta todo.
La familia era muy pobre. Vivían en una habitación vieja y fea, en una calle sucia y ruidosa del puerto. Había muchos niños con hambre y con frío. El hijo mayor era un chico honrado y trabajador. Sus padres querían mandarlo a la escuela, pero no podían: los pobres no tienen tiempo para aprender a leer cuando lloran de hambre.
Cuando el chico creció, ayudó al padre. Primero trabajó con un vecino herrero, pero era muy delgado y se puso enfermo. Por suerte, se curó. Luego, a los quince años, empezó a pescar con su padre. Después de muchos sacrificios, el tío Lucas había comprado una pequeña canoa. Cada mañana, al amanecer, padre e hijo salían al mar. Uno remaba y el otro ponía la comida en los anzuelos.
Pero un día de invierno hubo una tormenta terrible. Las olas empujaron la canoa contra una roca y la barca se rompió en pedazos. Padre e hijo se salvaron, gracias a Dios, pero perdieron la canoa. Entonces los dos se hicieron lancheros.