Un deán, un sacerdote importante de una catedral, guardaba entre sus papeles unas cartas. Las había escrito su sobrino, Luis de Vargas. Estas cartas cuentan una historia de amor.
Luis tenía veintidós años y estudiaba para ser sacerdote. Antes de su ordenación, volvió unas semanas a su pueblo natal, en Andalucía, para visitar a su padre, don Pedro de Vargas. Don Pedro era el hombre más rico y más importante del pueblo. Era alegre, simpático y todavía fuerte, aunque tenía ya unos cincuenta y cinco años.
En su primera carta al tío, Luis contaba una noticia: su padre quería casarse con una joven viuda del pueblo, Pepita Jiménez.
Pepita tenía veinte años. Su historia era extraña. Su madre era muy pobre, y cuando Pepita tenía dieciséis años, la casaron con don Gumersindo, un viejo muy rico de ochenta años. Don Gumersindo murió tres años después y dejó a Pepita toda su fortuna. Ahora era rica, guapa y muy buena. Daba dinero a los pobres, iba a misa y vivía con tranquilidad. Muchos hombres querían casarse con ella, pero ella decía que no a todos. Al único que escuchaba con amabilidad era a don Pedro.
Al principio, Luis miraba a Pepita con desconfianza. “¿Cómo pudo casarse con un viejo de ochenta años? Seguro que fue por dinero”, pensaba. Pero, poco a poco, sus cartas cambiaron. Luis conoció mejor a Pepita. Descubrió que era inteligente, dulce, sencilla y piadosa. Y cada carta hablaba más de ella: de sus ojos verdes, de sus manos blancas, de su voz.
Un día, Pepita invitó a don Pedro, a Luis y al vicario del pueblo a comer fresas en su huerta. Fue una tarde muy agradable. Luis y Pepita hablaron mucho. Cuando se miraban, Luis sentía algo extraño en el corazón.
Luis escribió a su tío, preocupado: “Tío, creo que Pepita me gusta demasiado. No es amor, claro. Es solo admiración. Yo voy a ser sacerdote.” Pero su tío, el deán, le respondió con prudencia: “Ten cuidado, sobrino. Eso que sientes puede ser amor.”